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Dar a leer... quizá.

Dar a leer... quizá.

Jorge Larrosa.
Profesor de filosofía de la Educación en la Universidad de Barcelona. Realizó estudios posdoctorales en el Instituto de Educación de de la universidad de Londres y en el Centro Michel Foucault de la Sorbona de Paris.


- "Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo"
[1].
- "Entre quien da y quien recibe, entre quien habla y quien escucha, hay una eternidad sin consuelo"
[2].
- "El pasado fue escrito, el porvenir será leído... sin que ninguna relación de presencia pueda establecerse entre escritura y lectura”
[3].
- Recibir las palabras, y darlas.
- Para que las palabras duren diciendo cada vez cosas distintas, para que una eternidad sin consuelo abra el intervalo entre cada uno de sus pasos, para que el devenir de lo que es lo mismo sea, en su vuelta a comenzar, de una riqueza infinita, para que el porvenir sea leído como lo que nunca fue escrito... hay que dar las palabras que hemos recibido.
- ¿Quizá dar a leer?
- "Dar a leer... quizá".
- Pero reservemos el "quizá" para el final porque quizá esta conversación no sea otra cosa que un camino hacia el quizá, es decir, hacia un final que sea como un comienzo o que al menos, quizá, anuncie un comienzo. Así que dejemos por ahora la palabra "quizá" y guardémosla a un lado, ya escrita pero sólo como anunciada y aún sin escribir, para escribirla de nuevo como la última palabra.
- Entonces leamos de nuevo: "dar a leer".

- Lo que ocurre es que "dar a leer" es una expresión demasiado legible. Cuando leemos "dar a leer" enseguida creemos haber entendido porque ya sabemos de antemano qué significa "leer" y qué significa "dar". ¿Cómo hacer para que la lectura vaya más allá de esa comprensión aproblemática, demasiado tranquila, en la que sólo leemos lo que ya sabemos leer?
- Con un hacer que tenga la forma de una interrupción: si no interrumpimos, en la misma lengua, el uso normal de la lengua, sólo entendemos lo que ya se adapta a nuestros esquemas previos de comprensión.
- Interrumpir lo que ya sabemos leer, es decir, dar a leer la expresión "dar a leer" como si aún no supiéramos leerla. Por eso dar a leer exige devolverles a las palabras esa ilegibilidad que les es propia y que han perdido al insertarse demasiado cómodamente en nuestro sentido común. Para dar a leer es preciso ese gesto a veces violento de problematizar lo evidente, de convertir en desconocido lo demasiado conocido, de devolverle una cierta oscuridad a lo que parece claro, de abrir una cierta ilegibilidad en lo que nos es demasiado legible.
- ¿Un gesto filosófico?
- Un gesto filosófico si entendemos que la filosofía es abrir la distancia entre el saber y el pensar, esa distancia que sólo se abre cuando lo que ya sabemos se nos da como lo que hay que pensar.
- ¿Dar a pensar, entonces, las palabras "dar a leer"?
- Darlas a pensar de otro modo en el mismo movimiento en que se las da a leer de otro modo. Dar a leer (lo que aún no sabemos leer): dar a pensar (lo que aún no pensamos).

- Dar a leer lo que aún no sabemos leer. Pero ¿no es eso lo que hace el escritor y, eminentemente, el poeta, renovar las palabras comunes, escribirlas como por primera vez, hacerlas sonar de un modo inaudito, darlas a leer como nunca antes han sido leídas? Barros, por ejemplo: "... no bastan las licencias poéticas, hay que ir a las licenciosidades. Tenemos que picardear el idioma para que no muera de clichés. Subvertir la sintaxis hasta la castidad: eso quiere decir: hasta obtener un texto casto. Un texto virgen que el tiempo y el hombre aún no hayan maltratado. Nuestro paladar de leer anda con tedio. Es preciso proponer nuevos enlaces para las palabras. Inyectar insanía en los verbos para que transmitan sus delirios a los nombres. Hay que encontrar por primera vez una frase para poder ser poeta en ella"
[4].
- Certero eso de que "nuestro paladar de leer anda con tedio". También anda con tedio nuestro paladar de vivir y ¿por qué no decirlo? nuestro paladar de pensar.
- Dar a pensar lo que aún no pensamos. Jankélévitch por ejemplo: "... las palabras que sirven de soporte al pensamiento deben ser empleadas en todas las posiciones posibles, en las locuciones más variadas; hay que hacerlas girar, torcerlas sobre todas sus caras, en la esperanza de un brillo; palparlas y auscultar su sonoridad para percibir el secreto de su sentido. Las asonancias y las resonancias de las palabras ¿no tienen una virtud inspiradora? Este rigor debe a veces lograrse al precio de un discurso ilegible: que se contradiga tiene poca importancia; basta continuar sobre la misma línea, resbalar sobre la misma pendiente, y el discurso se aleja cada vez más del punto de partida, y el punto de partida acaba por desmentir el punto de llegada (...). Lo que importa es ir hasta el límite de lo que se puede hacer, conseguir una coherencia sin falla, hacer aflorar las cuestiones más escondidas y las más informulables"
[5].

- El poeta aspira a un "texto casto" que podamos paladear sin tedio. El filósofo pretende un "discurso ilegible" que suscite preguntas inéditas. En ambos casos, trastornar el uso normal de la lengua, interrumpir el sentido común de las palabras hasta hacerlas ilegibles. Pero el filósofo, dando a leer de otro modo las palabras comunes, libera la posibilidad de pensar de otro modo. El poeta lo es en la frase "que encuentra por primera vez", mientras que el filósofo lo es en la frase "que hace aflorar cuestiones escondidas". Y el filósofo insiste en que no llega a esa frase desde su genialidad sino desde las palabras, aprendiendo de ellas y con ellas, llevándolas hasta el extremo de lo que pueden dar a pensar.

- Leamos entonces uno de esos textos filosóficos que se empecinan en dar a pensar el leer más allá de la aparente claridad de la palabra "leer". Gadamer, por ejemplo: "... qué cosa sea leer, y cómo tiene lugar la lectura, me parece una de las cuestiones más oscuras"
[6]. Cada día leemos, a veces hablamos de nuestras lecturas y de las lecturas de los otros, todos nosotros sabemos leer y, a veces, enseñamos a otros a leer, habitualmente usamos con plena normalidad y competencia la palabra leer... pero a lo mejor aún no sabemos qué es leer y cómo tiene lugar la lectura.
- Leamos también un texto que hace ilegible, y por tanto da a pensar, la palabra "dar". Todos nosotros participamos constantemente en prácticas de intercambio y de comunicación, cada día damos y recibimos, pero a lo mejor dar es imposible. Por ejemplo Derrida: "... el don es lo imposible. No imposible sino lo imposible. La imagen misma de lo imposible"
[7].

- Si leer es lo más oscuro y dar es lo imposible, ¿cómo leer "dar a leer"?
- Quizá leyendo la dificultad de leer la expresión "dar a leer" ya hemos comenzado a leerla, ya estamos dando a leer la oscuridad del "leer" y la imposibilidad del "dar", aunque todavía no sepamos qué dicen las palabras "dar a leer".
- Leer es oscuro cuando se lee lo que no se sabe leer, pero sólo así la lectura es experiencia: la experiencia de la lectura: leer sin saber leer. Dar es imposible cuando se da lo que no se tiene, pero esa imposibilidad es la condición misma de la ética: la ética del don: dar lo que no se tiene.
- La expresión "dar a leer" contiene la relación entre la experiencia de la lectura y la ética del don. Y cómo esa relación está implicada en esa peculiar duración de las palabras en la que éstas se conservan transformándose. Lo que nos interesa en el "dar a leer" es esa paradójica forma de transmisión en la que se dan simultáneamente la continuidad y el comienzo, la repetición y la diferencia, la conservación y la renovación.

- Leer sin saber leer. Por ejemplo: "... lo que más amenaza la lectura: la realidad del lector, su personalidad, su inmodestia, su manera encarnizada de querer seguir siendo él mismo frente a lo que lee, de querer ser un hombre que sabe leer en general"
[8]. Solamente el que no sabe leer puede dar a leer. El que ya sabe leer, el que ya sabe lo que dicen las palabras, el que ya sabe lo que el texto significa... ése da el texto ya leído de antemano y, por tanto, no lo da a leer.
- Dar lo que no se tiene. Por ejemplo: "...dar a leer es siempre un gesto doble. Dar a leer no puede tener lugar mas que en una escritura que se da retirándose en los márgenes del texto que da a leer. No se da a leer mas que cuando se escribe en los márgenes, cuando se practica la cita, la reescritura, cuando se da lo que no nos pertenece propiamente -es decir, lo que no se puede dar"
[9]. Solamente el que no tiene puede dar. El que da como propietario de las palabras y de su sentido, el que da como dueño de aquello que da... ese da al mismo tiempo las palabras y el control sobre el sentido de las palabras y, por tanto, no las da.
- Dar a leer, entonces, es dar las palabras sin dar al mismo tiempo lo que dicen las palabras. O, mejor, interrumpiendo todas las convenciones que nos hacen dar a leer lo que ya tenemos como propio, lo que ya sabemos leer. Hemos leído que "las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo". Por eso hay que dar las palabras retirando o interrumpiendo al mismo tiempo lo que dicen las palabras para dar así el infinito durar de las palabras, su posibilidad de decir siempre de nuevo más allá de lo que ya dicen.

- Añadamos aquí el punto de vista de la pasión: ¿qué pasión pasa por el "dar a leer"? y ¿por qué esa palabra: "pasión"?, otra palabra oscura.
- Oscura como todas las palabras cuando se dan a leer en su ilegibilidad, en lo que tienen de incomprensible, en lo que en ellas hay de exceso o de ausencia respecto de sí mismas. Dar a leer es dar la alteridad constitutiva de las palabras: lo que en ellas se nos ofrece plenamente y sin reservas, y al mismo tiempo se nos retira escapándose a cualquier captación apropiadora.
- Escribamos entonces: "la pasión de dar a leer".
- Parece que al escribir la palabra "pasión" junto a la expresión "dar a leer" estamos dando a leer otra imposibilidad. Porque si leemos, según la vieja distinción escolástica, que pasión se opone a acción, passio a actio, como pasividad a actividad, "dar a leer" no podría ser un acto o una actividad.
- "Dar a leer" no podría ser, desde luego, la acción voluntaria e intencional de un sujeto poderoso que sabe lo que quiere. Pero "pasión" no dice sólo privación o defecto de actividad. Trías, por ejemplo, nos da a leer "pasión" como lo que "sobrevuela la dualidad de lo activo y lo pasivo, a la vez mantenimiento y suspensión del sentido de los términos de esa dicotomía"
[10].
- ¿Hemos escrito la palabra "pasión" para suspender la dicotomía de lo activo y de lo pasivo en el "dar a leer"?
- En efecto, para entender el "dar a leer" como la acción de un sujeto pasional: para que el "dar a leer" no sea lo que hace un sujeto soberano poniendo en juego su poder, su saber y su voluntad... sino lo que le pasa a un sujeto indigente cuando suspende toda voluntad de dominio, toda propiedad, todo proyecto, todo saber, todo poder y toda intención. Y eso tanto sobre las palabras que da a leer como sobre la lectura de aquél a quien da a leer. El "dar a leer" es el acto de un sujeto pasional cuando su fuerza no depende de su saber sino de su ignorancia, no de su potencia sino de su impotencia, no de su voluntad sino de su abandono.
- La fuerza actuante del "dar a leer" sólo es aquí generosidad: no apropiación de las palabras para nuestros propios fines, sino desapropiación de nosotros mismos en el darlas a leer. Las palabras que se dan a leer no son palabras que se puedan tener o de las que podamos apropiarnos, sino que son más bien palabras que se "dan a leer" abandonándolas. Por eso su lectura es siempre imprevisible, siempre por venir.

- Hablemos primero del escritor. ¿Cuál es la pasión del escritor que "da a leer"?
- El "dar a leer del escritor" se produce en el momento en el que el libro, ya escrito, se da al lector para que lo lea. Su dar a leer reside en el movimiento en el que se abandona la escritura y se inicia la comunicación.
- ¿Pero no es también la palabra "comunicación" otra palabra demasiado clara que nombre una práctica demasiado posible?
- Leámosla entonces interrumpiéndola. Derrida por ejemplo: "... el horizonte semántico que habitualmente gobierna la noción de comunicación es excedido o hecho estallar por la intervención de la escritura, es decir, de una diseminación que no se reduce a una polisemia. La escritura se lee..."
[11]. La escritura se lee, se da a leer. Y ese hecho tan obvio hace estallar la noción común de comunicación como transporte codificado de un sentido entre un emisor y un receptor, incluso si ese sentido que se transporta no es único sino múltiple.
- Quizá el escritor escriba porque "quiere decir" algo y "utilice" la escritura como un "medio" o un "vehículo" para comunicar eso que quiere decir: ideas, pensamientos, sentimientos o representaciones. Pero simplemente porque la escritura se da a leer, el modo como comunica cae inmediatamente fuera de esa noción común de comunicación como relación entre conciencias o como transporte lingüístico de un "querer decir".
- Además, no es evidente siquiera que el escritor sea el origen de la escritura. El escritor no escribe desde su voluntad sino desde sus palabras: no escribe sino lo que ha escuchado primero. El escritor no da sino lo que ha recibido: la frase "que encuentra por primera vez" o la frase a la que ha llegado "para hacer aflorar las cuestiones más escondidas".
- No sabemos de donde viene la escritura. Pero, si es escritura, o bien el dar a leer no puede ser entendido como comunicación o bien debemos entender la palabra "comunicación" de un modo completamente diferente.
- En el "dar a leer del escritor" debemos leer la palabra "comunicación" desde la ausencia del escritor y desde el fracaso de su querer decir. Cuando el escritor da a leer no se pone a sí mismo para relacionarse a través de la escritura con un lector más o menos anticipado ni tampoco da a leer simplemente lo que sus palabras "dicen" o "quieren decir". El escritor da a leer las palabras en el mismo movimiento en que las abandona a una deriva en la que ni él ni sus intenciones estarán presentes y que él, desde luego, no podrá nunca controlar. Las palabras que se dan a leer no unen al escritor con el lector sino que los separan infinitamente, en una "eternidad sin consuelo". Por eso "escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir"
[12].
- Entonces, no es el escritor el que da a leer, sino que es la escritura misma la que se da a leer en la desaparición del autor, en la no presencia de su querer decir o de su querer comunicar. Hemos leído que no existe "ninguna relación de presencia entre escritura y lectura".
- Por eso el "dar a leer" es el momento en que el escritor da las palabras perdiendo todo el poder sobre lo que dicen las palabras. La escritura se da a leer en el momento en que el escritor queda desposeído de toda propiedad y de toda soberanía, en el momento en que las palabras que se dan a leer no son ya ni sus propias palabras ni las palabras sobre las que él podría ejercer alguna suerte de dominio ni las palabras en las que él aún estaría de algún modo presente. El escritor no puede poseer el momento de la lectura, nunca podrá tener la lectura. Por eso, al "dar a leer", el escritor da lo que no tiene, lo que no sabe, lo que no quiere, lo que no puede... nada que dependa de su saber, de su poder o de su voluntad... nada que le sea propio.

- Hablemos ahora del lector. ¿Cuál es la pasión del lector que "da a leer"? Lectores que dan a leer son los profesores, los críticos, los estudiosos, los eruditos, los comentaristas y, en general, todos aquellos que dan a leer palabras que no han escrito sino que les han sido dadas. Démosles un nombre único: maestro de lectura. El maestro de lectura es el que quiere dar a leer lo que él mismo ha recibido como el don de la lectura. Entonces, ¿cuál es la pasión del maestro de lectura que "da a leer"? ¿le convendría también a esa pasión el nombre de "comunicación"?
- Aquí comunicación es "transmisión": mediación entre lo que se ha recibido y lo que se da. El maestro de lectura es el que aprende para enseñar, aquél en el que se conjugan la pasión de aprender y la pasión de enseñar. Así Lévinas: "La transmisión comporta una enseñanza que ya se dibuja en la receptividad misma del aprender y la prolonga: el verdadero aprender consiste en recibir la lectura tan profundamente que se hace necesidad de darse al otro: la verdadera lectura no permanece en la conciencia de un solo hombre sino que estalla hacia el otro"
[13].
- La relación entre el recibir y el dar, entre el aprender y el enseñar, ha sido dada a leer por Lévinas con la palabra "estallar": ¿es entonces la transmisión un estallido?
- La transmisión es una comunicación que estalla. Cuando hay transmisión la noción común de comunicación estalla porque lo que se comunica sólo se transmite transformándose. La transmisión no es el comunicarse de algo inerte sino el abrirse de la posibilidad de la invención y de la renovación. Por eso, en el maestro de lectura, la pasión del aprender y la pasión del enseñar se conjugan en la pasión de lo nuevo, de lo imprevisible, de la lectura por venir.
- Pero para que la pasión del maestro de lectura sea la pasión de la lectura por venir es preciso que ni la pasión del aprender ni la pasión del enseñar pasen por la apropiación o por la reproducción de lo mismo. El maestro que da a leer no sabe leer (las palabras que lee no son de su propiedad) y no es el dueño de la lectura de los otros. Tanto lo que recibe como lo que da le son ajenos, diferentes. Por eso son fuente de pasión. Trías: "... esa afección por lo diferencial es lo que denominamos pasión"
[14].
- Tanto lo que aprende como lo que enseña son, para el maestro de lectura, "lo diferencial". Quizá por eso el maestro, como el escritor pero de otra manera, también comunica desde su ausencia y desde su fracaso. Su comunicación es un llamar la atención, no sobre sí mismo, sino sobre las palabras que da a leer. El maestro comunica por su humildad, por su ponerse al servicio de las palabras: su pasión comunicativa está hecha también de generosidad, de desprendimiento.
- Una generosidad que se dirige no sólo a las palabras que da a leer, sino también a aquéllos a quienes da a leer. ¿Una doble responsabilidad, por tanto, que es una doble desaparición y un doble fracaso?
- El maestro de lectura se hace responsable, primero, de las palabras que ha recibido como un don de la lectura y que, a su vez, quiere dar a leer. Esa responsabilidad que se llama respeto, atención, delicadeza o cuidado, le exige desaparecer él mismo de las palabras que da a leer para darlas a leer en su máxima pureza. Y el maestro de lectura se hace responsable también de los nuevos lectores que deberán producir nuevas lecturas. Por eso también tiene que desaparecer en la lectura de lo que da a leer para que sea una lectura nueva e imprevisible.
- El dar a leer del maestro de lectura ¿es un proteger las palabras y un abrir la lectura?
- Su dar a leer implica siempre un doble gesto. Por un lado debe respetar las palabras que da a leer para protegerlas tanto del dogmatismo interpretativo como del delirio interpretativo. Por otro lado debe abrir la lectura, es decir, debe hacer que la lectura sea a la vez rigurosa e indecidible.

- Podríamos ahora escribir la palabra "pasión" junto a esa otra palabra con la que habitualmente suele darse a leer: la palabra "amor". Quizá no esté del todo desencaminado si recordamos la definición célebre de Lacan: "el amor es dar lo que no se tiene"
[15]. Dar las palabras podría ser indistinguible de estar apasionado por las palabras, de estar enamorado de las palabras. ¿Sería el "dar a leer" la pasión del filólogo?
- Leamos una declaración de amor a las palabras. García Calvo: "Las palabras, pues, camaradas, cojámoslas y vayamos descuartizándolas una a una con amor, eso sí, ya que tenemos nombre de 'amigos-de-la-palabra'; pues ellas no tienen por cierto parte alguna en los males en que penamos día tras día, y luego por las noches nos revolvemos en sueños, sino que son los hombres, malamente hombres, los que, esclavizados a las cosas o dinero, también como esclavas tienen en uso a las palabras. Pero ellas, con todo, incorruptas y benignas: sí, es cierto que por ellas este orden o cosmos está tejido, engaños variopintos todo él; pero si, analizándolas y soltándolas, las deja uno obrar como libres alguna vez, en sentido inverso van destejiendo sus propios engaños ellas, tal como Penélope por el día apacentaba a los señores con esperanzas, pero a su vez de noche se tornaba hacia lo verdadero"
[16].
- Aquí se nos da a leer el "amor a las palabras" como algo que no tiene que ver con su uso sino con su libertad, y que no tiene que ver con su vida diurna, aquella en la que las palabras trabajan al servicio del orden y de la esperanza, al servicio del sentido, sino con su vida nocturna, la más inquietante y la más peligrosa, pero también la más benigna, la más hospitalaria, la más generosa y la más verdadera. Esa declaración de amor nos da a pensar el ser amigos-amantes-enamorados de las palabras en una forma de amor que no pasa por el conocimiento, ni por el uso, ni por la voluntad de apropiación, ni siquiera por la voluntad de sentido.
- ¿Amor-pasión?
- Sí, si entendemos que la pasión le da al amor un carácter paradójico. El amor marcado por la pasión anula las dicotomías entre posesión y entrega, entre apropiación y desprendimiento, entre satisfacción y deseo, entre padecimiento y afirmación, entre libertad y cautiverio. El filólogo es un ser poseído por su amor a las palabras, padece de amor a las palabras, está cautivado por las palabras. Pero es en ese padecimiento y en ese cautiverio en los que se afirma como sujeto pasional: sólo accede a las palabras, y nunca plenamente, cuando se entrega a ellas; sólo se le dan, y nunca del todo, cuando se desprende; sólo le hacen libre, y nunca totalmente, cuando las deja libres; sólo se le entregan, y nunca completamente, cuando anula su saber, su poder y su voluntad. Por eso, el amor-pasión no puede satisfacerse, sino que sólo se satisface en su permanente insatisfacción, en tanto que el deseo permanece como deseo.
- Y esa nocturnidad, ese amor a la libertad nocturna de las palabras, ¿tiene también que ver con la pasión?
- El amor-pasión siempre tiene algo de ilegítimo, de desventurado y de peligroso. El amor legítimo a las palabras es un amor diurno que tiene que ver con la apropiación, con el uso y con el trabajo del sentido: es un amor seguro, útil, que no pone nada en peligro, y que tiende a la seguridad, a la felicidad y a la estabilidad del mundo. Sin duda, la mayoría de las veces el "dar a leer" forma parte del día: cuando el dar a leer tiene que ver con la esclavitud de las palabras a la verdad común, a la belleza o a la bondad común, al lenguaje corriente, a las fórmulas eficaces, a la cultura, a la educación o a la historia, al diálogo público, a la moral, al conocimiento, a los negocios de los hombres en suma. Pero a veces el amor a las palabras y el dar a leer que le corresponde está atravesado por una pasión nocturna, libre, desgraciada e inútil que interrumpe por un momento, haciéndola vacía e insignificante, toda la seguridad, toda la estabilidad, toda la felicidad y todo el sentido del día.
- El filólogo, entonces, debe entregarse también a ese amor nocturno y dar a leer las palabras apasionadas de la noche. Así Blanchot: "... cuanto más se afirma el mundo como futuro y el pleno día de la verdad donde todo tendrá valor, donde todo tendrá sentido, donde el todo se realizará bajo el dominio del hombre y para su uso, más parece que la palabra debe descender hacia ese punto donde nada aún tiene sentido, más importante se hace que mantenga el movimiento, la inseguridad y la desventura de lo que escapa de toda percepción y de todo fin"
[17]

- ¿Podemos ya escribir ese "quizá" que habíamos dejado anunciado y reservado para que fuera nuestra última palabra?
- Escribamos entonces: "... quizá".
- Y démoslo a leer como una figura de la discontinuidad. Por eso la palabra "quizá" viene precedida de unos puntos suspensivos, es decir, de algo que permanece suspendido en un ritmo silencioso de marcas y vacíos. Los puntos suspensivos no son vectores direccionales, no llevan a ninguna parte ni vienen de ninguna parte, no significan nada, no suenan de ningún modo. Indican una dilación, una espera, un suspense, una pausa, un aplazamiento, un instante de atención y escucha, una levísima interrupción con la que se prepara el quizá y en la que, quizá, se anuncia su venida.
- Esa discontinuidad del quizá ¿no se nos da a leer junto con el acontecimiento y con el porvenir? Así Derrida: "... el pensamiento del quizá involucra quizá el único pensamiento posible del acontecimiento. Y no hay categoría más justa para el porvenir que la del quizá. Tal pensamiento conjuga el acontecimiento, el porvenir y el quizá para abrirse a la venida de lo que viene, es decir, necesariamente bajo el régimen de un posible cuya posibilitación debe triunfar sobre lo imposible. Pues un posible que sería solamente posible (no imposible), un porvenir segura y ciertamente posible, de antemano accesible, sería un mal posible, un posible sin porvenir. Sería un programa o una causalidad, un desarrollo, un desplegarse sin acontecimiento"
[18].
- El quizá da a leer la interrupción, la discontinuidad, la posibilidad, quizá, del acontecimiento que se abre en el corazón de lo imposible, la venida del por-venir, es decir, de lo que no se sabe y no se espera, de aquello que no se puede proyectar, ni anticipar, ni prever, ni prescribir, ni predecir, ni planificar.
- "Dar a leer... quizá" para leer en el "dar a leer" el quizá del acontecimiento, de la discontinuidad y del por-venir .

- ¿También el quizá de la fecundidad?
- "Dar a leer... quizá": la fecundidad del "dar a leer".
- Leamos entonces la palabra "fecundidad". Lévinas, por ejemplo: "un ser capaz de otro destino que el suyo es un ser fecundo"
[19]. Y escribamos algunas variaciones de esa cita: una vida capaz de otra vida que la suya es una vida fecunda; un tiempo capaz de otro tiempo que el suyo es un tiempo fecundo; una palabra capaz de otra palabra que la suya es una palabra fecunda. ¿No es la fecundidad una modalidad del "dar"? Fecundidad: dar la vida, dar el tiempo, dar la palabra.
- La fecundidad es dar una vida que no será nuestra vida ni la continuación de nuestra vida porque será una vida otra, la vida del otro. O dar un tiempo que no será nuestro tiempo ni la continuación de nuestro tiempo porque será un tiempo otro, el tiempo del otro. O dar una palabra que no será nuestra palabra ni la continuación de nuestra palabra porque será una palabra otra, la palabra del otro.
- "Dar a leer... quizá" tiene que ver con el quizá de una palabra que no comprenderemos, pero que, al mismo tiempo, necesita del darse generoso de nuestra palabra.
- Y es ahí donde dar a leer (sin saber leer) es dar lo que no se tiene. O, aún más radicalmente, es ahí donde dar a leer es dar la aceptación de la muerte de las propias palabras: ese imposible de dar al otro la aceptación de la muerte propia, el silencio, la interrupción, el quizá, el espacio vacío en el que quizá puede venir el porvenir de la palabra o la palabra del porvenir.
- Aquí, junto al quizá, otra vez la pasión. Trías: la pasión "es un amor que se desarrolla en el horizonte de la muerte"
[20].

- Leamos de nuevo: Dar a leer: la pasión del amor: la pasión de la muerte: la pasión de la fecundidad: la pasión del quizá.
- Recibir las palabras, y darlas.
- Para que las palabras duren diciendo cada vez cosas distintas, para que una eternidad sin consuelo abra el intervalo entre cada uno de sus pasos, para que el devenir de lo que es lo mismo sea, en su vuelta a comenzar, de una riqueza infinita, para que el porvenir sea leído como lo que nunca fué escrito... hay que dar las palabras.
- ¿Quizá dar a leer?
- "Dar a leer... quizá".

[1] A. PORCHIA, Voces. Buenos Aires. Edicial 1989. pág. 111.
[2] R. JUARROZ, Decimocuarta poesía vertical. Fragmentos verticales. Buenos Aires. Emecé 1997. pág. 148.
[3] M. BLANCHOT, El paso (no) más allá. Barcelona. Paidós 1994. pág. 60.
[4] M. de BARROS, Gramática expositiva do chao. Rio de Janeiro. Civilizaçao brasileira 1990. pág. 312.
[5] V. JANKÉLÉVITCH, Quelque part dans l'inachevé. Paris. Gallimard 1978. pág. 18.
[6] H-G. GADAMER, "Filosofía y literatura" en Estética y Hermenéutica. Madrid. Tecnos 1996. pág. 189.
[7] J. DERRIDA, Dar (el) tiempo. La moneda falsa. Barcelona. Paidós 1995. pág. 17.
[8] M. BLANCHOT, El espacio literario. Barcelona. Paidós 1992. pág. 187.
[9] M. LISSE, "Donner à lire" en L'éthique du don. Jacques Derrida et la pensée du don. Paris. Metailié-Transition 1992. pág. 148.
[10] E. TRIAS, Tratado de la pasión. Madrid. Taurus 1979. pág. 29.
[11] J. DERRIDA, "Firma, acontecimiento, contexto" en Márgenes de la filosofía. Madrid. Cátedra 1989. pág. 371.
[12] J. DERRIDA, Op. Cit. pág. 357.
[13] E. LÉVINAS, L'au-delà du verset. Paris, Minuit 1982. pág. 99.
[14] E. TRIAS, Tratado de la pasión, Op. Cit. pág. 146.
[15] LACAN, Écrits. Paris. Seuil 1966. pág. 618.
[16] A. GARCIA CALVO, Lalia. Ensayos de estudio lingüístico de la sociedad. Madrid. Siglo XXI 1973. s.p.
[17] M. BLANCHOT. El espacio literario. Op. Cit. pág. 236.
[18] J. DERRIDA, Políticas de la amistad. Madrid. Trotta 1998. pág. 46.
[19] E. LEVINAS. Totalidad e Infinito. Salamanca. Sígueme 1977. pág. 289.
[20] E. TRIAS, Tratado de la pasión. Op. Cit. pág. 26.

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